Las principales arterias que alimentan a la Ciudad de México se convirtieron en un auténtico estacionamiento a cielo abierto. En una de las jornadas más negras para la movilidad del centro del país, una racha de múltiples accidentes viales colapsó de manera simultánea los accesos neurálgicos a la capital, dejando a miles de automovilistas y transportistas atrapados en un laberinto de asfalto. El colapso no dio tregua y golpeó con fuerza los tres puntos cardinales del comercio y el tránsito terrestre: las autopistas México-Puebla, México-Querétaro y México-Cuernavaca.
La pesadilla vial comenzó desde las primeras horas del día. En la México-Puebla, el choque de un transporte de carga pesada a la altura de los carriles centrales provocó un cierre parcial que obligó a las autoridades a desviar el flujo vehicular, generando filas kilométricas que se prolongaron por horas. Casi al mismo tiempo, en la México-Querétaro, el exceso de velocidad y la falta de pericia cobraron factura con una carambola que involucró a varios vehículos particulares, estrangulando por completo la entrada norte de la zona metropolitana. Para rematar el cuadro, la autopista México-Cuernavaca registró fuertes retrasos debido a un derrame de combustible provocado por un percance menor, obligando a Caminos y Puentes Federales (Capufe) a implementar reducciones de carril por seguridad.
El impacto económico y social de esta parálisis es contundente. El retraso en la entrega de mercancías, la pérdida de citas de trabajo y la frustración colectiva pintaron el panorama de un día donde la infraestructura carretera simplemente se vio superada por la realidad operativa. Los cuerpos de emergencia y los servicios de grúas trabajaron a marchas forzadas para retirar los fierros retorcidos y limpiar las carpetas asfálticas, pero el daño a la circulación ya estaba hecho. Queda claro que mientras no existan protocolos de respuesta inmediata ante siniestros y una mayor disciplina vial por parte de los conductores, las entradas a la capital seguirán siendo un peligroso embudo propenso al colapso total. Así las cosas en los caminos de la República.