El bolsillo de los automovilistas mexicanos vuelve a sangrar. En un movimiento que se veía venir pero que no deja de calar hondo, los precios de los combustibles registraron una nueva escalada en el arranque de este mes, dejando claro que la tregua inflacionaria en el sector energético es cosa del pasado. La peor parte de este ajuste se la están llevando los usuarios del combustible de alto octanaje: la gasolina Premium ya rompió la barrera psicológica de los 28 pesos por litro en diversas estaciones de servicio de la Ciudad de México, el Estado de México y Jalisco.
No hay vuelta de hoja ni discurso oficial que amortigüe el impacto. El incremento responde a las modificaciones en los estímulos fiscales al Impuesto Especial sobre Producción y Servicios (IEPS) aplicados por las autoridades hacendarias, sumado a las presiones logísticas y los costos de distribución que asfixian a los franquiciatarios en las zonas metropolitanas más importantes del país. Recorrer las principales arterias viales de la capital o del territorio mexiquense se ha convertido en un auténtico lujo, mientras que en la zona occidente, particularmente en Guadalajara y sus alrededores, los tableros de las gasolineras ya exhiben precios que estrangulan la economía familiar y la de los transportistas.
El efecto dominó de este incremento es inevitable y contundente. El alza en el combustible Premium no solo afecta a los vehículos de gama media y alta, sino que mete presión directa a la cadena de suministro de bienes de consumo diario, amenazando con reactivar las alertas inflacionarias en otros sectores productivos. Mientras los consumidores estiran el gasto y buscan alternativas para mitigar el golpe, el mercado de los combustibles sigue su marcha ascendente sin dar tregua ni tiento. Así las cosas en el termómetro de las finanzas diarias; llenar el tanque hoy cuesta más, y el panorama no pinta para bajar la velocidad.