PEKÍN — La economía de China enfrenta una marcada desaceleración al registrar su ritmo de crecimiento más lento en los últimos tres años, arrastrada por la debilidad del consumo interno y la persistente crisis del sector inmobiliario. No obstante, este enfriamiento general contrasta con el sólido desempeño de su sector exterior. Dos ramas estratégicas de su manufactura de alta tecnología —la producción de vehículos eléctricos y los equipos de energía solar— continúan liderando una agresiva expansión en los mercados globales.

Esta dualidad económica plantea un escenario complejo para Pekín. Por un lado, las autoridades se enfrentan a la urgencia de reactivar la demanda interna y devolver la confianza a los consumidores locales, quienes han recortado sus niveles de gasto. Por otro lado, la fortaleza de sus exportaciones industriales funciona como el principal motor de resistencia de la segunda economía más grande del mundo, evitando una contracción más profunda de su Producto Interno Bruto (PIB).

La ofensiva manufacturera frente a los aranceles El auge exportador de estos dos sectores estratégicos no ha estado exento de fricciones comerciales. La inundación de productos chinos a precios altamente competitivos ha encendido las alarmas en Estados Unidos y la Unión Europea. Ambas potencias occidentales han intensificado la aplicación de barreras arancelarias y medidas de protección para blindar sus propias industrias, acusando a Pekín de generar un exceso de capacidad manufacturera mediante subsidios estatales.

A pesar de estas restricciones comerciales, la capacidad logística y la ventaja en costos de la industria china le permiten sortear los obstáculos y mantener una participación dominante en el comercio global. El futuro de la economía china dependerá del delicado equilibrio entre el éxito de sus exportaciones tecnológicas y la efectividad de los estímulos fiscales dirigidos a sanear el mercado interno.