Culiacán volvió a convertirse en zona de guerra. En una acción relámpago y sin margen de error, las fuerzas federales y estatales desplegaron un cerco de seguridad en un complejo departamental de la capital sinaloense. El resultado del enfrentamiento es contundente y sacude la estructura delictiva de la región: cuatro presuntos criminales fueron neutralizados y puestos a disposición de la justicia, mientras que el líder de una de las células más violentas que operan en la zona cayó abatido al hacer frente a las autoridades.
El operativo no fue una casualidad, sino el fruto de trabajos de inteligencia naval y militar que detectaron el escondite de este reducto criminal. Desde las primeras horas del día, el rugido de los helicópteros y el despliegue de vehículos blindados alertaron a los vecinos de la zona residencial. Lo que siguió fue un intercambio de metralla de alta intensidad. Los delincuentes intentaron romper el cerco utilizando armamento de grueso calibre, pero la superioridad táctica y el estado de fuerza de los elementos del orden terminaron por asfixiar cualquier intento de fuga o rescate por parte de sus cómplices.
Este golpe directo al corazón de la delincuencia organizada manda un mensaje claro: en el Culiacán de hoy, el Estado no va a dar un solo paso atrás. El abatimiento del cabecilla criminal, cuya identidad se mantiene bajo estricto resguardo por motivos legales, representa una fractura importante en la cadena de mando de la organización que opera en la plaza. La calma ha regresado a las calles aledañas, pero el ambiente sigue siendo de tensa calma. Las fuerzas del orden mantienen el patrullaje y el blindaje en los accesos de la ciudad ante cualquier intento de réplica. Así se escribe la historia de la seguridad en el norte del país, donde la ley se impone a punta de pólvora y firmeza.